Maneras y modos.

Por motivos diversos -no como paciente- he estado en contacto más cercano con profesionales de la salud. Y repasando experiencias, la especial afabilidad contagiosa de uno, y la amabilidad y cercanía de unos cuántos más, son mi primordial objeción a las quejas tópicas sobre la actitud de los médicos. Durante mi vida he tenido la fortuna de contar con médicos excepcionales, y a varios de ellos me ha ligado además algún vínculo cercano. También en eso he disfrutado de un inmerecido privilegio. (No es falsa modestia, es que sencillamente no he hecho nada para ganarme tal trato). 

Poniendo a aquellos como norma (no porque sean mayoría) es innegable que hay una enorme cantidad de excepciones,  galenos y enfermeras que justifican el reclamo sobre la deshumanización gremial, cuando por definición, ellos son quienes nos acompañan y atienden en los momentos más vulnerables de nuestras vidas y ante la misma muerte.  Sanar, aliviar o confortar son las acciones fundamentales de su core business: la salud humana.

Bueno, desafotunada angloexpresión esta cuando -en Honduras al menos- uno de los principales argumentos para las malas maneras y modos profesionales sanitarios, es la mercantilización que parece orientar sus afanes. Algo que se puede desvirtuar o verificar fácilmente con un video de cinco minutos de la primera consulta del día en el sistema público y de otros cinco de la última de su clínica privada. Ojalá fueran más los que sirven como pruebas de refutación.

Hace poco comentaba con alguien sobre el sistema de atención de las consultas privadas de la mayoría de los médicos nacionales: «por orden de llegada». Suena justo para los madrugadores… si se tienen cuatro o cinco horas para pasar en la banca de una antesala, porque la apariencia de justicia empieza a diluirse cuando resulta que es requisito permanecer «cuidando el puesto» el tiempo que medie entre «la apuntada» azarosa y la incierta llamada a consulta, cosa que en este 2008 A.D. ya no pasa ni en la cola de la carnicería.

Pero la cosa toma un matiz más oscuro para los sanitarios cuando en ese orden de llegada el último o uno de los últimos en aparecer por la clínica es el propio doctor, horas después del presunto incio de la lotería de los turnos. Para no distraernos mucho, sobrevolamos la inaudita respuesta jocoseria: «yo me macaneé ‘x’ años estudiando y desvelándome, tengo derecho a que me esperen», expresa u omisa, más frecuente de lo imaginable. Eso me legitimaría, supongo, después de hacer un postgrado exigente en Comunicación, para llegar después de los deportes del informativo estelar que presento, y tratar a la audiencia y al equipo como reclutas de la Academia militar.

Hicimos sociología-ficción hasta la primitiva noción de sacerdote/semidios del médico, que después de varios siglos de ciencia empírica -felizmente- perdió el apellido brujo, pero conservó el status en el imaginario colectivo, y hoy sobre todo, en la autoconciencia gremial. Ese desdén de partida que parece mostrar la atención sanitaria privada bajo este sistema de valores, no es un buen augurio sobre cómo será el trato que sigue. Pero llevamos demasiadas líneas ya, y nada mejor hallaremos si seguimos ese pasillo hasta los hospitales públicos y de la seguridad social.

Es evidente que en todos los lugares, profesiones y cualquier otra categoría humana, hay de todo. Como los que tenía en mente en el primer párrafo y varios otros contemporáneos de los que aún no he sido paciente. Y aunque defiendo que ellos siguen siendo la norma, cuantitativamente las excepciones son más. Puede ser un asunto de malos modos (conflictos de personalidad), de malas maneras (conflictos de sociabilidad) o, sin distinción de fuentes, simplemente de malas prácticas profesionales, inmateriales e impunes sí, pero igual parte de ese sinónimo espectral para los chamanes científicos contemporáneos: mala praxis.

 La transcripción al español que hace del artículo el traductor de Google.

hebrajena_separador Clonación amarilla.

 Publicado por: Francisco Molina M. 02dic08.

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